Qué rapidez para cambiar, para sentir y dejar de sentir. Viene, va, se esconde y te asusta. Se desprende y cuando menos se lo espera, vuelve. Qué rápido, que histeria, que dramatismo absurdo, pero que inevitable. Y la mirás y esperás nunca querer desprenderte de ella. Nunca tener que explicar con palabras de este mundo que partió de ti un barco llevandote. Pero que difícil es evitar llegar a él, tan tiernamente seductor. Pero la rebelión consiste en eso, sí, en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos. Y sentir, y sentirla, sentirlo, sentirte.
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